Una visita de amigos de Polonia que coincide con el puente de noviembre solo puede significar una cosa: una escapada a la costa mediterránea en busca de sol y palmeras.  No es nada fácil elegir el destino perfecto para disfrutar de la playa, si buscas algo más que la playa, pero tuvimos suerte. Elegimos Villajoyosa, la villa alegre 🙂

Cerca de Alicante, casi pegado a Benidorm, se encuentra este pueblo con un casco histórico de lo más pintoresco de España … Altas casas de pescadores de colores alegres que miran al mar y parecen sacadas de un cuento. Es una estampa que sorprende en medio de una costa mediterránea destrozada; y que produce nostalgia.  Los hoteles están lo suficientemente lejos de aquí; todavía se puede disfrutar del sabor de la costa de antes.

¿Cómo se ha salvado Villajoyosa del destino de otras ciudades de la costa, víctimas del turismo masificado?

Pues que el casco antiguo era un poblado gitano y durante mucho tiempo tuvo muy mala fama. Fue asociado a la venta de drogas, inseguridad, pobreza…Vamos, todo lo contrario de un buen reclamo turístico.

Desde el año 2000 sin embargo, se inicia un programa de recuperación del pueblo:  se empiezan a rehabilitar las fachadas de colores, se traslada el Ayuntamiento al casco antiguo, se crea la Casa de Juventud para la gente de entre 14 y 35 años y el Centro de Ocio para niños hasta los 12, todo esto para conseguir la integración de la población gitana.

Desde 2003 el barrio, con sus 777 casas pintadas de colores, es Bien de Interés Cultural.

Ahora en el casco antiguo, ni inseguro, ni pobre, pero sí muy auténtico y lleno de vida, conviven personas de diferentes etnias.

Existen varios bares y restaurantes en la zona y unas pocas casas se alquilan por Airbnb; nosotros tuvimos la suerte de alojarnos en una de ellas: Casa Palacios Marchena.

Una experiencia interesante, la de poder contrastar nuestras expectativas con la realidad. Nos preguntábamos: ¿Cómo se vive en las casas de colores de Villajoyosa?  ¡Ya lo sabemos! Se disfruta de todas las comodidades, excepto ascensor, jeje. Cansa subir y bajar los empinados y altos escalones entre las estancias, repartidas en 4 plantas, cada una de 12 m cuadrados. 

Nos gustó la casa mucho, pero lo mejor fue que durante estos 3 días en Villajoyosa nos sentimos parte del barrio.

Hicimos lo mismo que vimos hacer a los vecinos: sacamos nuestra mesa de la cocina a la calle y cenamos fuera, saludando y recibiendo saludos por parte de los pocos paseantes, tanto locales como turistas.

Congeniamos con las vecinas y escuchamos sus conversaciones desde una ventana a otra.

Participamos (aunque solo de espectadores) en un cumpleaños gitano celebrado en la calle a ritmo de rumba. 

Charlamos con los niños que jugaban a la pelota.

Bailamos en un concierto en la calle a favor de las personas LGTBI.

Nos quedamos con ganas de visitar el Museo del Chocolate Valor, o por lo menos nos hubiera gustado tomar una taza en la Chocolatería Valor. Descubrimos que Villajoyosa es la sede de esta empresa familiar, ya saliendo del pueblo. Visitar el museo habría sido la guinda del pastel.

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