No soy una cuentacuentos profesional, pero cada vez que he contado un cuento, lo he disfrutado mucho. Y este es mi preferido. Me lleva a mi infancia, sin vídeos en youtube, sin playstation, sin tele de color, cuando al escuchar una historia tú te inventabas tu propia realidad. Cuando lo cuento, recuerdo esta sensación, veo los paisajes e interiores que mi imaginación creaba cuando tenía 5 o 6 años.
La última vez que lo he contado fue en la biblioteca del cole en un recreo, porque mi compi Bea, responsable de este espacio, invita todos los viernes a los padres, profes y alumnos a contar un cuento. Para mí, este cuento no ha perdido su magia!!! Aunque he modificado un poco el final para que suene más acorde con los tiempos que corren 🙂 (¡¡¡No hay boda!!!)
ZAPATERO DRATEVKA
“Erase una vez un chico muy pobre que era zapatero. Era muy trabajador, pero mucho trabajo no tenía porque la gente de su aldea era pobre también y muy pocas veces se permitían zapatos nuevos.
Así que el chico decidió buscar suerte lejos de su casa y de su pueblo. Recogió todas sus herramientas de trabajo en un hatillo y salió rumbo a lo desconocido: el mundo.
Andaba por los prados y los bosques, por los valles y por las colinas, atravesaba aldeas, pueblos y ciudades, y si encontraba a alguien que necesitase unos zapatos, en un pis pas se los hacía. Él mismo andaba descalzo, porque no tenía suficiente dinero para comprarse cuero para zapatos, pero como era un chico alegre, no dejaba de sonreír. Disfrutaba del sol, de la lluvia, del canto de los pájaros y de todo de lo que podía.
Un día llegó a un viejo bosque. No se veía casi nada porque las ramas de los árboles eran tan espesas que sol no podía atravesarlas. De repente sintió que sus pies se hundían en algo pegajoso. Oyó un ruido. Se dio la vuelta: detrás de él estaba el rey del bosque- un enorme oso. Lo que el chico pisaba era la miel que el oso acababa de robar a las abejas.
El oso había bajado del árbol y allí estaba apoyado contra el tronco del árbol.
El chico no perdió la cabeza, sino sacó de su hatillo el pegamento y untó con él el árbol. El oso se quedó pegado al árbol!
El chico recogió la miel del suelo y se lo devolvió a las abejas. El oso empezó a quejarse y a lloriquear.
“ Voy a ser un buen oso, ya no voy a robar más, te lo prometo, pero suéltame, por favor!!!” decía.
El chico se lo pensó un rato, pero como tenía un buen corazón, liberó al oso. ¿Creéis que el oso cumplirá su palabra? Síiii.
Mientras, al chico se le acercó la reina de las abejas y haciéndole una reverencia con las alas, le dijo:
Mis hermanas y yo tenemos una deuda contigo. Tal vez llegará el día en que podamos hacer algo por ti. Entonces cuenta con nosotras.
Al chico le entró la risa. Se preguntaba cómo unos insectos tan pequeños le podrían ayudar. Pero, como le educaron muy bien, no dijo nada. Saludó a la reina de las abejas con todo respeto y siguió su camino.
Después de un rato se encontró con un hormiguero destrozado. Vio a las hormigas asustadas corriendo en todas direcciones sin saber por dónde empezar. Le dieron pena, así que, sin pensarlo dos veces, arregló el hormiguero para que las hormigas pudiesen tranquilamente seguir con su actividad. Estaba a punto de marcharse, cuando delante de él apareció la reina madre y dijo:
“Te estamos muy agradecidas. Si te encuentras en apuros, te ayudaremos encantadas”.
El chico casi se parte de risa. ¿Cómo le iban a ayudar unas hormiguitas así de pequeñas? Pero como le educaron muy bien, saludó a la reina madre con respeto y siguió su camino.
Un día llegó a una charca. Vio algo en la arena. Se acercó – era un pez, una carpa a punto de ahogarse. Rápidamente la metió al agua otra vez. Cuando la carpa ya podía respirar se acercó al chico y dijo:
“Gracias por tu buen corazón. Si tú lo necesitas, enseguida vendré a ayudarte”.
El chico sonrío incrédulo, pero como le educaron muy bien, no dijo nada. Saludó al pez y se fue. La carpa se sumergió en el agua.
Por fin llegó a una colina llena de zarzas y ortigas, era un sitio desagradable y peligroso. Entre las zarzas estaba escondido un viejo castillo, medio en ruinas. Al chico le parecía que entre el quejido del viento se oía el llanto de una chica. Pero en una de las ventanas sólo vio a una señora muy fea que enseñaba sus dientes ennegrecidos en una sonrisa.
En el pueblo de al lado se enteró de que era una bruja que tenía prisionera a una princesa. La podía salvar un valiente, pero tendría que hacer dos trabajos sobrehumanos y además resolver un problema. Si fracasaba, perdía la vida.
El chico no se lo pensó dos veces. Fue directamente al castillo y tocó en la puerta: TOC TOC, TOC…
-¿Qué quieres? Le preguntó la bruja de una manera muy borde, porque así eran sus maneras.
Quiero casarme con la chica encarcelada en la torre.
Muy bien-dijo la bruja riendo bajo el bigote.-Tienes que hacer dos trabajos para mí.
Aquí va el primero:
Toma un saco de arena mezclado con semillas de amapola. Tienes que separar las semillas de la arena antes de que amanezca. Si no lo terminas, tu vida habrá terminado.
Cerró la puerta con siete cerrojos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… y se fue. El chico se quedó pensativo…
-No es posible separar amapola de arena, ni siquiera en un año lo podré hacer. Esta va a ser mi última noche.
Y oyó un ruidito, como un crujido. En todas las grietas aparecieron miles y miles de hormigas, el suelo se volvió negro.
En un abrir y cerrar de ojos el trabajo estaba terminado y las hormigas volvieron al bosque por donde habían venido!!!!
El chico no lo podía creer. Como no tenía nada más que hacer, se recostó en el saco vacío y se durmió hasta el amanecer.
Por la mañana vino la bruja muy contenta a quitarle la vida, y nada le gustaba más que quitar vidas. Abrió la puerta y se quedó muda.
Pero disimuló bien y dijo:
-Bueno, pues vamos con la segunda prueba, ¿no? La chica estaba ayer nadando en la charca y allí perdió una llave de oro. Tú tienes que encontrarla.
Cabizbajo se dirigió el chico hacia la orilla de la charca…Por el camino se despedía de los árboles, del cielo, de las nubes…Pensaba que era la última vez que vería todo aquello. En la charca de agua oscura, opaca…En la superficie hay muchos nenúfares. Ni se ve el fondo, imposible encontrar algo allí…
-Bueno, tendré que pagar mi osadía y morir – pensó.
De repente en el agua se vieron borbotones, y aparecieron 4 hermosas carpas. Iban una cerquita de otra y en las bocas llevaban una llave dorada. La pusieron bajo los pies del chico y dijeron:
-“Tú ayudaste a uno de nuestros hermanos, queremos darte las gracias”. Y desaparecieron.
Cuando la bruja vio al chico con la llave, casi se atraganta de rabia. Pero no dijo nada, sino que le llevo a la torre. Allí le mostró a 9 doncellas de la misma estatura y con la cara tapada por un velo.
-¿Cuál de ellas es mi prisionera? Si lo adivinas, te casarás con ella y tendrás una corona, porque es una princesa, pero si te equivocas, morirás.-dijo sonriendo con malicia.
El chico miraba y miraba, forzaba la vista, pero por mucho que miraba, no veía ninguna diferencia entre las nueve muchachas.
¿Y qué pasó?
Aparecieron las abejas y sobre la cabeza de la tercera señorita hicieron un círculo dorado, como si fuera una corona.
-¡Esta es mi elegida! Exclamó el chico y descubrió la cara de la chica.
Aquí ya la bruja no se pudo contener, soltó una palabrota, pero palabrota que no me atrevo a repetir y salió volando por la ventana, dejando tras de sí un desagradable olor a pedo.
La señorita liberada dio las gracias al zapaterito. Y como no tenía ninguna intención de casarse, le invitó a su castillo y se convirtieron en los mejores amigos del mundo. Vivían felices, cuidaban de todos los animalitos a su alrededor y siempre se acordaban de que no hay que despreciar a nadie por lo pequeño y poco importante que nos pueda parecer.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

