La Historia fue la asignatura mas odiada por mí, tanto en Primaria como en Secundaria. Todavía me acuerdo de la sensación de desesperación, tedio y malestar que me inundaba cada vez que abría el libro para mirar las fechas y acontecimientos que no me decían absolutamente nada. ¿Cómo conseguía aprobarla? Ni idea. Tenía que tener un buen sistema de chuletas…
Pero quería estudiar Historia del Arte y eso significaba tener que hacer el examen de historia en las pruebas de acceso a la Universidad.
Y así terminé pasando todo un mes de junio, 4 horas diarias, en clases preparatorias organizadas por la Universidad, magistrales y gratuitas, impartidas por alguien a quien hasta hoy considero el mejor profesor de historia, o tal vez, el mejor profesor a secas, del mundo.
De repente, todo lo que hasta ese momento había sido aburrimiento y sinsentido, cobraba vida, se iba convirtiendo en un puzzle donde cada pieza encajaba. Las cuatro horas de clase magistral de este señor pasaban como una película de acción. No quería perder ni un segundo, ni una palabra, porque cada palabra significaba emoción. Era lo mejor del día. ¡Y eso a pesar de que tenía 18 años y una vida social a tope!
Me encantaría encontrar a este profesor, de cuyo nombre ni siguiera me acuerdo, y contarle qué impresionante fue el impacto de su trabajo en mi caso. Y qué extraordinario comunicador era. Y qué bien hacia lo que hacía. Y le daría las gracias por el regalo que me hizo:)
La historia me sigue apasionando. Después de ver alguna peli o leer un libro, después de visitar algún lugar, me pongo a investigar sobre la época y sus protagonistas. Lo que más me gusta es comparar lo que pasaba en distintos países al mismo tiempo. Las piezas del puzzle tienen que encajar.
Por cierto, no aprobé el examen. El tema que me tocó desarrollar me superó. Fue “La transición del feudalismo al capitalismo en Francia, Inglaterra y Polonia. Similitudes y diferencias”.
Y tampoco estudié Historia del Arte. Las circunstancias de la vida me llevaron a elegir Educación Especial y me convertí en maestra. Nunca me he arrepentido de esta decisión…
Y cada vez que me toca dar clase de historia, vuelve a mí la gratitud hacia aquel profesor. Me gustaría que mis alumnos compartiesen mi amor por esta disciplina. Algunas veces lo consigo, siempre lo intento.
¿Cómo?
- Lo más importante: me gusta lo que estoy enseñando. El entusiasmo se transmite y se contagia.
- Me esfuerzo en saber más de lo que está en los libros, no para saber responder a todas sus preguntas, sino para poder darles una visión más amplia de la época o del acontecimiento.
- Procuro crear tensión. Me pongo dramática. Y vosotros ¿qué pensáis que pasó??? Les cuento las cosas como si fueran un secreto que comparto solo con ellos.
- Utilizo una línea del tiempo. Para mí, es lo principal. Tengo una línea del tiempo en clase y la estoy ampliando y alargando según aprendemos más.
- Utilizo curiosidades como puntos de partida para desarrollar cada tema.
- Procuro jugar con los sentidos. Que los niños vean, oigan, huelan, aunque solo sea en su imaginación. Pongo música de la época, si es posible.
- A veces nos ponemos nombres de la época (romanos, visigodos, árabes)
- Enseño cómo vestía la gente y les pregunto qué piensan, qué han comido, qué han hecho todo el día. Hablamos de cómo era la vida de los niños en la época.
- Trabajo con obras del arte. ¿Qué nos cuentan sobre la época?
- Utilizo técnicas de TEATRO APLICADO.

